Si observamos cómo se relacionan los niños, podemos apreciar diferencias entre ellos. Algunos suelen estar siempre con un compañero; otros forman parte de un grupo grande, y otros prefieren jugar solos. Todas estas formas de relacionarse son habituales. Pero ¿qué ocurre cuando un niño pasa solo la mayor parte del tiempo?
Las relaciones sociales desempeñan un papel importante a lo largo de la vida. A medida que los niños y las niñas crecen, las amistades adquieren cada vez más relevancia. Durante la infancia, relacionarse con sus iguales contribuye a desarrollar un sentimiento de pertenencia al grupo, proporciona apoyo y favorece la adquisición de distintas habilidades sociales.
Sin embargo, algunos niños pueden tener dificultades para relacionarse con sus iguales, y es en estos casos cuando puede aparecer la soledad. Esta se entiende como una experiencia emocional desagradable que surge cuando una persona percibe carencias en la cantidad o en la calidad de sus relaciones sociales. Si esta sensación se mantiene en el tiempo, puede generar malestar e inseguridad y afectar tanto a la forma en que el niño se percibe a sí mismo como a sus interacciones sociales.
Ante estas situaciones, se recomienda que las familias acompañen al niño desde una actitud de apoyo y comprensión. Para entender lo que está viviendo y ayudarle, conviene tener en cuenta varios aspectos:
- Acompañarlo sin presionarlo. Es importante que las familias se acerquen al niño con calma, sin forzarlo a relacionarse ni restar importancia a lo que siente. Así podrá percibir el entorno familiar como un espacio seguro en el que expresarse.
- Comprender cómo vive sus relaciones. Hablar con él sobre sus sentimientos y experiencias puede ayudar a conocer cómo se siente, qué le preocupa y qué dificultades encuentra en sus relaciones.
- Identificar y validar sus dificultades. Desde la tranquilidad, los adultos pueden ayudarle a reconocer qué situaciones le generan nerviosismo o malestar y validar sus emociones, para que se sienta comprendido y apoyado.
- Practicar habilidades sociales. Cuando sea necesario, se pueden trabajar de forma gradual habilidades como iniciar una conversación, incorporarse a un juego, expresar opiniones o resolver pequeños conflictos.
También es importante recordar que no todos los niños tienen la misma necesidad de pertenecer a un grupo de amigos. Los seres humanos necesitamos establecer vínculos, sentirnos aceptados y formar parte de nuestro entorno, pero estas necesidades varían de una persona a otra.
Tener dos amigos no implica necesariamente sentirse más solo que tener seis. La calidad de los vínculos, la confianza y el sentimiento de pertenencia pueden ser mucho más importantes que el número de amistades.
Por eso, conviene prestar atención a cómo vive el niño sus relaciones, y no únicamente a cuántos amigos tiene. La intervención cobra especial importancia cuando aparecen señales de malestar o sufrimiento. El objetivo no es que tenga muchos amigos, sino que pueda construir relaciones significativas y sentirse bien con ellas, independientemente de su cantidad.
Mireia Tolos. Psicóloga en prácticas en Camins Castellón




