¿Cuántas veces nos hemos encontrado a nosotros mismos castigándonos por sentir celos en una situación en la creemos que no “está bien” sentirlos?
Esto ocurre porque los celos son una de las emociones más estigmatizadas socialmente.
Todos sabemos que algunas emociones son desagradables, pero también sabemos que eso no significa necesariamente que no tengan que estar ahí. Los celos pueden estar señalando algo interno, o bien actitudes del otro que nos resultan incongruentes. Por eso, es clave no reprimirlos solo por miedo a convertirnos en una “persona tóxica”.
La realidad es que los celos aparecen cuando percibimos una amenaza y, por lo tanto, tenemos miedo de perder nuestro lugar en una relación. Estos miedos suelen tener su origen en nuestras experiencias pasadas y nuestra historia de aprendizaje. Y con esto, no solo nos referimos a que te hayan engañado en el pasado, sino también a todas las experiencias que se han dado en nuestra socialización. Desde las pelis o las canciones donde nos han enseñado que si tu pareja mira o habla con alguien del sexo opuesto es una señal de que algo va mal, hasta los discursos que han legitimado acciones que refuerzan esos celos, como la comprobación de móviles. Por eso, es importante recordarnos que el hecho de sentir una emoción no significa que tengas que hacer algo con ella, y, sobre todo, no significa que haya algo malo en ti.
Lo realmente importante es pensar qué queremos hacer con ellos. Lo primero que nos va a salir probablemente sean algunas conductas que tengan como objetivo aliviar esa incertidumbre, y esa emoción desagradable. Algunas de ellas podrían ser: mirar el móvil, cotillear las redes sociales de todas las personas que potencialmente podrían gustarle, preguntar muchas cosas sobre aquella fiesta del trabajo en la que estuvo ayer…
Sin embargo, hay otras opciones que todas las investigaciones coinciden en que parecen tener mucho mejores resultados a largo plazo. Destacan, que es importante romper el bucle de comprobación (mirar si está en línea, mirar la cama para ver si hay algún rastro…) ya que esto refuerza nuestra emoción y la hace más fuerte. Así, es importante que aprendamos a sentir el malestar y pasar a otra cosa. De la otra forma, sentimos un alivio a corto plazo (“uy, menos mal, no hay nada en la mesilla…”), pero reforzamos el bucle, porque le estamos diciendo a nuestro cuerpo “es verdad, tienes razón, vamos a preocuparnos y a intentar buscar pruebas”. La realidad es que ya sabemos que todo lo que evitamos se hace más grande, y pasa igual con las emociones desagradables. En psicología, esto se relaciona con el fenómeno de incubación: cuanto más evitamos enfrentarnos a una emoción desagradable, más crece. Cada vez que actuamos desde ese miedo —como controlar, vigilar o restringir— estamos alimentando nuestros celos, además de convirtiéndonos en una versión de nosotros mismos de la que seguramente no estemos muy orgullosos.
Por todo esto, es importante que recordemos: sentir celos no nos convierte en una persona celosa, lo importante es saber qué tenemos (y qué queremos) hacer con ellos.
Clara Reguilón, psicóloga de Camins Torrelodones y de Camins Online