La Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido en una herramienta cada vez más empleada en nuestra vida cotidiana. Es el conjunto de tecnologías que simulan aspectos de la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico. Los programas de Inteligencia Artificial funcionan a partir del análisis de grandes cantidades de datos y generan respuestas basadas en patrones estadísticos.
Hoy en día, muchas personas recurren a la IA para resolver cuestiones del día a día, pedir consejo sobre cómo actuar ante conflictos personales o laborales, así como para realizar trabajos académicos. Sin embargo, el problema recae cuando se reemplaza la propia reflexión y razonamiento, el debate y diálogo con familiares, amigos, docentes, etc., o la consulta a los profesionales que corresponda, especialmente en cuestiones de salud mental.
La IA puede resultar útil para tareas específicas y análisis de información. Ofrece respuestas rápidas, evita preguntas incómodas y proporciona aparentes “soluciones” al instante. No obstante, su incapacidad para comprender la experiencia subjetiva humana la limita, al carecer de emociones, vivencias y un contexto, puede dar respuestas o recomendaciones inadecuadas.
Los psicólogos van más allá de ofrecer respuestas, son capaces de interpretar sutilezas del lenguaje, señales no verbales y emociones implícitas. Tienen en cuenta el contexto cultural y social de cada individuo para ofrecer una atención efectiva. Además, la empatía, comprensión y la capacidad de adaptación son elementos esenciales en el proceso terapéutico.
El vínculo terapéutico construido sobre la confianza, la seguridad y el respeto, es fundamental para que los pacientes se sientan cómodos y poder trabajar en profundidad sobre sus dificultades. Esta relación no puede ser replicada por un sistema de IA, y tampoco la capacidad de improvisación y de adaptación.
En definitiva, la Inteligencia Artificial puede ser una herramienta complementaria, pero no un sustituto del psicólogo. Las personas necesitamos apoyo continuo, comprensión auténtica y una relación de confianza que favorezca el bienestar. Y eso, al menos por ahora, solo puede ofrecerlo otro ser humano.
Eva Monferrer. Psicóloga en prácticas, Camins Castellón




