Hay momentos en los que algo se nos pone difícil y, casi inmediatamente, aparece una respuesta: «No puedo».
Puede ocurrir ante un nuevo proyecto, una conversación complicada, un cambio laboral, aprender algo que no dominamos o enfrentarnos a una situación que nos obliga a salir de lo conocido.
A veces ni siquiera hemos comprobado si realmente podemos hacerlo. Pero anticipamos la dificultad, imaginamos la posibilidad de fracasar y preferimos retirarnos antes de exponernos a descubrir el resultado.
Es una estrategia que tiene cierta lógica: si no lo intento de verdad, tampoco tengo que enfrentarme del todo a la posibilidad de fallar.
Incluso podemos intentarlo a medias. Lo suficiente para decirnos que lo hemos probado, pero sin implicarnos completamente. Así, si no sale bien, siempre queda una explicación que resulta algo menos incómoda: «En realidad tampoco me esforcé tanto».
El problema es que evitar aquello que nos resulta difícil puede proporcionarnos alivio en el momento, pero también puede ir haciendo nuestro mundo más pequeño.
Porque muchas de las experiencias que nos hacen sentir capaces no aparecen cuando hacemos únicamente aquello que ya dominamos. Surgen cuando nos enfrentamos a algo que nos exige esfuerzo, pero que está a nuestro alcance.
Mihály Csíkszentmihályi describió el flow o estado de flujo como esa experiencia en la que estamos profundamente implicados en una actividad, con la atención puesta en lo que estamos haciendo. Suele aparecer precisamente cuando existe cierto equilibrio entre nuestras capacidades y el desafío que tenemos delante: no es tan sencillo como para aburrirnos ni tan difícil como para sentir que es imposible.
Y quizá ahí esté una de las claves: no necesitamos retos enormes. Necesitamos retos posibles.
Podemos empezar por algo que nos cueste un poco. Algo que llevamos tiempo posponiendo. Una tarea que nos obligue a concentrarnos, aprender, practicar, equivocarnos y volver a intentarlo.
Y observar qué ocurre durante el proceso.
Porque superar un desafío produce satisfacción, pero no únicamente por haber llegado al resultado. También hay algo importante en comprobar que hemos sido capaces de permanecer ahí cuando no era fácil.
No siempre conseguiremos lo que nos proponemos. Intentarlo no garantiza el éxito y perseverar tampoco significa insistir indefinidamente en algo que no funciona.
Pero existe una diferencia importante entre decidir dejar algo después de haberlo intentado y renunciar antes de empezar porque tememos descubrir que quizá no podamos.
La próxima vez que aparezca un «no puedo», quizá podamos cambiar la pregunta:
¿Realmente no puedo o todavía no sé si puedo?
Centro de Psicología Camins




