DEL CAOS AL CALMA: ¿CÓMO PUEDO HACER PARA QUE MI HIJO BAJE REVOLUCIONES TRAS EL JUEGO, PARA PASAR A OTRA ACTIVIDAD?

Psicología Castellón

Todo padre o educador ha vivido ese momento de revolución máxima, en donde el niño está corriendo de aquí para allá, salta, ríe a carcajadas y no es capaz de parar. Pero … el reloj marca que es hora de cenar o dormir. Intentar detener esa inercia de golpe es como pedirle a un tren de alta velocidad que frene en seco (aterrizaje forzoso): el descarrilamiento (en forma de berrinche o frustración) está casi asegurado, más nuestro enfado o pérdida del control (frustración, gritos, castigos, etc).

Para poder diseñar otro plan de aterrizaje, hay que entender qué le pasa al niño, así que haremos uso de un poco de neurociencia. Esta nos explica que el sistema nervioso infantil no tiene un “freno de mano” desarrollado. Para pasar de la euforia a la serenidad, necesitamos construir puentes de transición (una pista de aterrizaje larga para facilitar el cambio).

Para que un niño pequeño baje sus revoluciones, primero debe sentir que el entorno también lo hace. No se trata solo de dar una orden, sino de modificar la atmósfera.

  • En lugar de “ya basta”, utilizar cronómetros visuales o hitos concretos. “Cuando termines de dar tres vueltas más con el coche, empezaremos el tiempo de relax”. Esto les da una sensación de control sobre el final de su diversión. Hacemos de “azafatos” que le avisan.
  • El cerebro reacciona a los estímulos. Bajar la intensidad de las luces y sustituir el ruido por música con un ritmo menor a 60 pulsaciones por minuto ayuda a segregar melatonina y reducir el cortisol. Bajar el volumen para hablar con él/ella. Preparamos el ambiente para la calma.

No podemos pasar de correr a estar sentados, – este sería el juego de pies quietos pero que ahora no funciona-. Un buen ejemplo para ello sería usar nuestro sentido de la propiocepción (presión táctil). Los estímulos táctiles firmes (como un abrazo fuerte o jugar a “envolver un burrito” con una manta) ayudan al cerebro a procesar dónde termina su cuerpo, lo que genera una respuesta natural de calma y seguridad. Necesitamos actividades de intensidad media que sirvan de peldaño para bajar las revoluciones.

La neurociencia también nos habla de las neuronas espejo. Los niños pequeños cuentan con neuronas espejo que sintonizan con el estado emocional del adulto -como el sistema de teléfono a bordo del avión que comunica el piloto con los pasajeros-. Si intentamos calmar a un niño gritando o con gestos acelerados, su cerebro interpretará una señal de alerta, manteniéndolo en modo “lucha o huida”.

Como antes hemos mencionado, bajar el tono de nuestra voz ayudará (por debajo del suyo) y captará su atención (factor sorpresa). Otro aspecto con el que podemos jugar es con nuestra velocidad de movimiento. Camina más despacio, siéntate en el suelo a su nivel. Ver a su referente en calma es la señal más potente de que el “peligro” (o la excitación) ha pasado (seamos su espejo).

Entender que la transición no es una interrupción del juego, sino una fase más del mismo cambia por completo la dinámica en casa. Al respetar el ritmo biológico de sus cerebros en desarrollo, transformamos un momento de conflicto potencial en una oportunidad de conexión y aprendizaje emocional: ¡jugar contigo mola, y volver a la calma, también!

 

Ana Ballesteros. Psicóloga en Camins Castellón

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