LOS PELIGROS DEL CEREBROCENTRISMO

PSICOLOGÍA CASTELLÓN

En los últimos años se ha extendido una forma muy concreta de hablar sobre conducta y salud mental: explicar lo que nos pasa en términos de cerebro. Es habitual encontrar discursos que reducen lo que sentimos o hacemos a neurotransmisores, hormonas o “desajustes” internos, como si ahí estuviera la causa principal de todo.

El problema de este enfoque, conocido como cerebrocentrismo, no es que el cerebro no participe en la conducta, sino asumir que con eso ya estamos explicando algo. Decir que alguien está enganchado al móvil por la dopamina o triste por la serotonina puede sonar técnico, pero en realidad no aclara por qué esa persona, en su situación concreta, actúa o se siente así.

Este tipo de explicaciones tienden a dejar fuera elementos fundamentales: la historia de la persona, su contexto, lo que ha aprendido, las situaciones en las que vive o las relaciones que mantiene. Al centrarse en lo neuroquímico, se pierde de vista que la conducta no aparece aislada, sino en interacción constante con el entorno.

Además, este tipo de divulgación suele ir acompañado de mensajes muy generalistas sobre lo que “hace bien” o “hace mal”. Se habla de rutinas saludables, de hábitos que regulan el cerebro o de actividades que supuestamente mejoran el bienestar de forma universal. Sin embargo, este planteamiento ignora algo clave en psicología: la función de la conducta.

Un mismo comportamiento puede tener significados y efectos completamente distintos según la persona y el contexto. Por ejemplo, hacer deporte suele presentarse como una recomendación positiva, en cualquier caso. Pero no es lo mismo hacer deporte por disfrute o por salud que hacerlo dentro de un problema de conducta alimentaria, pendiente de las calorías que se queman, pensando en si eso permitirá “compensar” o en cómo encajará el cuerpo en cierta ropa. En ese caso, la función del comportamiento es distinta, y también lo son sus consecuencias.

Por eso, no tiene sentido hablar de “comportamientos buenos” o “malos” en términos absolutos, ni proponer recetas universales de bienestar. Las llamadas “rutinas saludables” o “hábitos positivos” no funcionan igual para todo el mundo, porque no cumplen la misma función en todas las personas.

El cerebrocentrismo, al simplificar la explicación de la conducta, también facilita este tipo de soluciones generales. Si el problema está dentro, parece lógico pensar que hay una serie de acciones estándar que pueden “arreglarlo”. Pero esto deja fuera la complejidad real de por qué hacemos lo que hacemos.

En definitiva, reducir la conducta humana a lo que ocurre en el cerebro puede dar una sensación de explicación rápida, pero no ayuda a comprenderla en profundidad. Para entender por qué una persona hace, piensa o siente algo, es necesario ir más allá de lo biológico y analizar cómo se relaciona con su historia, su contexto y la función que cumple ese comportamiento en su vida.

Clara Reguilón. Psicóloga en Camins Torrelodones

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