A menudo pensamos en el bienestar psicológico como la ausencia de malestar: estar tranquilos, no sentir ansiedad, no tener pensamientos negativos. Sin embargo, la vida real no funciona así y no siempre sale como habíamos planeado. Aparecen pérdidas, cambios inesperados, problemas de salud, conflictos en las relaciones, preocupaciones económicas… y, con todo ello, emociones intensas y pensamientos incómodos. No podemos evitar por completo el dolor psicológico, pero sí podemos aprender a relacionarnos con él de una forma que nos permita vivir con más bienestar y sentido. Ahí es donde entra la flexibilidad psicológica.
Podemos entender la flexibilidad psicológica como la capacidad de abrirnos a lo que pensamos y sentimos, sin quedar atrapados por ello, para poder elegir cómo actuar en dirección a lo que realmente nos importa. No es “pensar en positivo”, ni “controlar la mente”. Es, más bien, dejar de luchar constantemente contra nuestro mundo interno y empezar a responder de forma más libre y coherente con nuestros valores.
Cuando somos psicológicamente flexibles, dejamos de vivir en piloto automático. En lugar de reaccionar siempre igual (evitando, bloqueándonos, explotando o huyendo), podemos darnos un pequeño espacio para preguntarnos: “¿Qué está pasando dentro de mí?” y “¿Qué quiero hacer con esto que me pasa, teniendo en cuenta el tipo de persona que quiero ser?”. La investigación en terapias contextuales, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ha mostrado que esta habilidad se asocia con menor impacto de la ansiedad y la depresión, mejor adaptación a los cambios vitales y relaciones más satisfactorias.
La flexibilidad psicológica incluye varios componentes que se pueden entrenar. Uno de ellos es la aceptación, entendida no como resignación, sino como la capacidad de reconocer y hacer espacio a nuestras emociones, en lugar de gastar toda nuestra energía en intentar eliminarlas. Por ejemplo, “siento miedo al equivocarme, y aun así puedo sentirlo, mirar de frente qué hay en juego, y después intentarlo porque es importante para mí”.
También es clave la presencia: estar un poco más en el aquí y ahora. Esto no significa estar en calma permanente, sino poder notar lo que ocurre dentro y fuera de nosotros con algo más de curiosidad y menos juicio. A esto se suma la clarificación de valores: preguntarnos qué tipo de persona queremos ser, qué queremos aportar a nuestras relaciones, al trabajo, a nuestra vida. Los valores funcionan como una brújula: no son metas que se tachan, sino direcciones que guían nuestras decisiones. Finalmente, la flexibilidad se concreta en acción comprometida: dar pasos, aunque sean pequeños e imperfectos, en la dirección de esos valores, incluso cuando hay miedo, pereza o dudas.
Así, podríamos hipotetizar que una persona que cultiva la flexibilidad psicológica tiende a ampliar su vida y sus posibilidades de acción, mientras que cuando la flexibilidad psicológica es baja, es más probable que la vida se vaya estrechando y volviéndose más limitada.
En definitiva, la flexibilidad psicológica no elimina el dolor, pero sí puede ayudarnos a que el sufrimiento no ocupe todo el espacio de nuestra vida y a ampliar la forma en que respondemos a las dificultades. Es una manera de relacionarnos con la experiencia interna que nos da más margen de acción, más libertad y, en última instancia, más posibilidades de construir una vida con sentido, incluso cuando las cosas no son fáciles.
Clara Reguilón. Psicóloga en Camins Torrelodones




