Vivimos en una época en la que la imagen del bienestar está muy presente. Redes sociales llenas de rutinas perfectas, personas que parecen tener su vida muy organizada, mensajes constantes de crecimiento personal, autocuidado, motivación…Parece que “estar bien” se ha convertido en una obligación.
Poco a poco, casi sin darnos cuenta, se ha instaurado la idea de que una persona sana emocionalmente, debería sentirse bien la mayor parte del tiempo. Como consecuencia de ello, empezamos a sostener una especie de personaje: el que puede con todo, el que responde siempre “bien, todo bien, gracias” aunque por dentro esté cansado, el que sigue funcionando, trabajando, cumpliendo, sonriendo cuando toca… Pero sostener ese personaje todo el tiempo, cansa y mucho más de lo que parece.
Durante años, el sufrimiento psicológico fue un tema silenciado, pero, afortunadamente hoy en día, hablamos más sobre salud mental. Sin embargo, en muchos casos hemos pasado de reprimir las emociones a exigirnos gestionarlas “correctamente” todo el tiempo. Es aquí donde aparece una nueva presión “no puedes estar triste demasiado tiempo”,” si vas a terapia, deberías mejorar pronto” y cuando esto ocurre, puede aparecer la frustración o incluso la culpa.
La salud mental, sin embargo, no tiene nada que ver con estar bien todo el tiempo. Tiene más que ver con la manera en la que comprendemos y gestionamos nuestras emociones, pensamientos y experiencias. Hay días de motivación y otros de apatía, momentos de calma y momentos de confusión. La tristeza, el miedo o la frustración no significa que algo no funcione bien en nuestro sistema emocional, sino que son señales naturales de que algo nos afecta, nos importa o necesita de nuestra atención.
No estar bien es humano y, lejos de empeorar las cosas, reconocerlo suele ser el primer paso para poder gestionarlo de una forma más sana. Aceptar que no siempre vamos a estar bien no es rendirse. Es una forma más realista y compasiva de relacionarnos con nosotros mismos.
Hay personas que llegan a consulta diciendo algo parecido a “no me pasa nada grave, no tengo un motivo claro para estar mal, pero estoy cansado”, Y en esa frase, aunque parece sencilla, se suele esconder algo más profundo. A veces no es que falte algo, es que sobra la exigencia de tener que estar bien todo el tiempo. Y es aquí donde descubren algo importante: la calma no aparece cuando logras controlar perfectamente lo que sientes, sino cuando das el permiso para dejar de ser invencible. Poder decir “no puedo más”, “estoy cansado” o simplemente “no estoy bien” sin sentir culpa, puede ser profundamente reparador.
Dejar caer la máscara de la perfección no es un acto de debilidad, es el reencuentro con nuestra propia realidad. La vida emocional tiene sus propias estaciones y aprender a respetar sus inviernos es tan necesario como disfrutar de sus primaveras.
Laia López García. Psicóloga en prácticas Camins Castellón




